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De siempre me ha dado escalofrío cuando en mis manos caen tarjetas de visitas y en las que me indican, tras el nombre del interlocutor, “Relaciones Públicas”. Yo siempre pregunté:
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Usted es Relaciones Públicas?
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Sí, yo soy el Relaciones Públicas de la Editorial
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Pero, perdón, ¿usted ejerce de Relaciones Públicas?
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Sí, claro, vendo libros
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Usted lo que es un digno vendedor de libros. No es Relaciones Públicas
Normalmente terminaban “careándose” conmigo, poniendo mala cara y se marchaban sin venderme los libros, su verdadero cometido.
Segunda acción. La señorita emisora de una discoteca:
Y, también, llega la tercera acción:
Uno después de cuarenta años como profesional no entiende nada.
¿Para qué nos hemos forjado como profesional de Relaciones Públicas?. Es una pregunta que se hace con frecuencia el profesional de esta carrera.
Cuando no me queda más remedio que leer, una vez más, uno de los libros de mi gran amigo y compañero Jaime de Urzáiz y Fernández del Castillo, Marqués de Navahermosa y contemplo la definición de nuestra preciada carrera (no la de los ticketeros, vendedores de libros, representantes de utensilios de cocina o avispados discotequeros –lo
siento-); leo, y sigo, al pie de la letra su definición:
“...La actividad de Relaciones Públicas requiere para su desarrollo la utilización de un método y su puesta en práctica por profesionales debidamente formados y preparados para ello. En el mundo vertiginoso que nos ha tocado vivir el dominio de las técnicas, la especialización y la profesionalización son elementos esenciales y básicos para una buena actuación.
En la temática de Relaciones Públicas, donde la Sociología y la Psicología son ciencias básicas, la aplicación en directo de sistemas, técnicas e incluso métodos procedentes de otros países puede provocar notables situaciones de confucionismo, e incluso causar serios daños a empresas o entidades que los aplican sin el oportuno filtro nacionalizador...”
Ya que menciono a Jaime de Urzáiz, que fue mi presidente en el Consejo General de Asociaciones de Profesionales de Relaciones Públicas, cuando servidor era el presidente de la Asociación de Baleares y entregamos en 1986 el título de Técnico Superior en Relaciones Públicas a S.M. el Rey don Juan Carlos. Quiero aprovechar para “Desde mi Atalaya profesional” -en su Capítulo 01-, enviar un extensísimo abrazo a quienes en aquel momento conformó el citado Consejo General de los profesionales de las Relaciones Públicas en España.
Al Palacio de Oriente fuimos el Consejo en pleno con los presidentes de Madrid, Manuel Coronado; Cataluña, Jaume Casademont -que también era vicepresidente del Consejo-; Andalucía, Jesús Moreno; de Las Palmas de Gran Canaria, el Senador José Macías, -desde entonces nos hicimos muy amigos-; Santa Cruz de Tenerife, el vicepresidente, Víctor Gonzalo Duboy; del Principado de Asturias, Fernando Zuazua; Galicia, José Manuel Magadán; País Vasco, Gerardo Sasía y Baleares, cuyo honor recaía en mi persona como responsable de los Relaciones Públicas de aquellas bellas islas. Presentes también mi buen amigo Rafael Ansón, en su calidad de Secretario General del Consejo y la Vice-Secretaria General, Ana Baschwitz Gómez de las Bárcenas.
Todos nosotros juntos firmamos el título que entregamos a nuestro Monarca y que luce con orgullo en su despacho de Rey de todos los españoles. Allí está el Rey que, por merecimientos propios, es el Relaciones Públicas número uno de España.
No cabe duda que mientras la sociedad en la que nos ha tocado vivir siga estando incomunicada, nuestra profesión seguirá siendo cada vez más necesitada. Es lastimoso ver como la Empresa, que cada día cuenta con nuevos avances en alta tecnología, todavía, en algunas regiones españolas, Canarias entre ellas, todavía decimos, no utiliza concienzudamente las grandes posibilidades que le ofrecen las técnicas profesionales del ambicioso y proyectado mundo de las Relaciones Públicas. Bien es cierto que en España fuimos de los últimos en ver esto, lo de la profesionalización de las Relaciones Públicas, enormemente claro, mientras que en los Estados Unidos, por ejemplo, nos llevaban años luz. Pero hemos ido aprendiendo.
Desde 1968 he procurado difundir al máximo la profesión de Técnico en Relaciones Públicas. Yo no lo consigo, ¡palabra que no!. Mis esfuerzos quedan en saco roto, porque la profesionalización de las Relaciones Públicas está llena de abusos y degeneración al sumo grado. Todo el que va por la acera de enfrenta se considera un especialista o técnico en Relaciones Públicas y monta su “campaña” particular. Así salen muchas cosas.
Lo que es cierto es que me siento orgulloso de mis años en el C.E.N.E.R.P. (Centro Español de Relaciones Públicas), fundamos -fui el secretario general- el Capítulo de Málaga-Costa del Sol y donde trabajamos duro, con mis grandes amigos, entre otros, Rafael Muñoz Lorente, Emilio Antic, el Conde de Perlac,
Elegido “Socio de Número del C.E.N.E.R.P.”, en 1970; “Socio Rector”, en 1972; muy orgulloso de mi presencia en el Colegio Profesional de Relaciones Públicas de Madrid, como ejerciente, con el Nº 74, Nivel Directivo-Superior con el Nº 160, desde 1978. Complacido al máximo de mi presencia en Foros Internacionales y de mi aportación, granito a granito, en Asociaciones de distintos países en el mundo. Pero antes de todo esto ya anduvimos de un lado hacia otro organizando el Grupo Sindical Nacional de Relaciones Públicas, creado en el seno del Sindicato Nacional de Prensa, Radio, Televisión y Publicidad (por allá en 1968)Se ponía en marcha, al mismo tiempo, la Ley de Relaciones Públicas, en el seno del Ministerio de Información y Turismo, donde los hombres de las Relaciones Públicas en España tanto tuvimos que ver.
Aún recuerdo con cariño, ilusiones no perdidas, aquella I Asamblea Nacional de Relaciones Públicas, celebrada en Madrid los días 15 y 16 de octubre de un 1969 esperanzador, donde, por cierto Jaime de Urzáiz ostentaba la Secretaría General, decía, entre otras cosas:
“Esta I Asamblea Nacional quiere ser, ante todo, original. Quiere ser modesta en su montaje y grande e importante en sus conclusiones. Quiere hacer historia y ser historia en sí misma. Quiere marcar el hito que señale a quienes nos sigan en el quehacer de las Relaciones Públicas el camino desbrozado que nosotros, hoy y mañana, vamos a encontrar sacándolo de nuestras propias experiencias personales acumuladas en los largos años de trabajo en esta viejísima, y al tiempo nueva, actividad”.
Allí estaban hombres importantes en el mundo de las Relaciones Públicas, Rafael Ansón, Jaime Borrell, Abilio Bernaldo de Quirós, José Antonio Martín, Luis Escobar de la Serna, Miguel Durán Pastor, el jesuita Carlos Tomás, que presentó una magnífica ponencia del “Plan de acción para institucionalizar las Relaciones Públicas en España”. Éramos muchos.
Después de cuarenta años de profesional de Asesor de Imagen y Relaciones Públicas sabemos de lo que estamos hablando: de profesionalidad.
Dijo una vez Joham Herder (1744 – 1803); escritor y filósofo prusiano:
“Los dos mayores tiranos del mundo: la casualidad y el tiempo”.
La casualidad y el tiempo, curiosamente, treinta y cuatro años después, se vuelve a interpretar el mejor papel del Relaciones Públicas:
“Hacerlo Bien y Hacerlo Saber”.
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